Fuera de todo

Cuando te despiertas en medio de la noche con ganas de ir al baño, es inevitable levantarte; en esta ocasión estás en casa ajena. En casa de un amigo. De tu mejor amigo.

Resulta que vas para hacer una maqueta. Todo –Al final del día, deriva en una noche de día de muertos a las 9.10 p.m., tratando de pedir permiso para dormir en casa de tu amigo; tienes ganas de jugar videojuegos, ya es demasiado tarde como para hacerlo; también como para tomar el transporte público y llegar a tú casa. Al menos ese día no dan ganas de hacer la típica odisea: esperar a que pase el transporte; pararlo; subir apresuradamente para que no se vaya sin ti, abandonandote; permanecer sentado en un reducido asiento, malabareando con tus ya de por sí excesivas piernas; todo eso por más de una hora, a veces pareciendo eterno. Así que insistes, no contestan las ya varias llamadas, continúas. De no ser por tu aversión (especialmente ese día), sobre no querer viajar con las piernas prensadas entre dos asientos no llamarías a tan tarde.

Tú madre no tuvo nunca otra opción que conceder el tan ansiado permiso. Se resignó a una noche de preocupación, pues su primogénito estaría fuera de casa, del calor familiar. Te regañó, a final de cuentas. Ambos tuvieron un poco de culpa. Era demasiado tarde. Se esfumaron las demás opciones.

***

Y es ahí donde estás, en casa de tu amigo, sintiéndote terrible porque estás acostado en su cama y el está en el suelo, pasando frío; desearías que fuera alrevés, poque tú eres el que invade y mereces dormir ahí. Pero seamos sinceros, está vez (en este preciso momento), eso no te preocupa –en lo mínimo–; eres casi tan desdichado como desearías ser: necesitas ir al baño y tienes que despertar a tu amigo, sientes total vergüenza, ello no te parece justo –al menos el estar obligado despertarlo, ineludiblemente–.

Al final lo haces, no hay otra opción.

Cuando regresan al cuarto estás totlamente aliviado: sólo tienes ganas de dormir. Te quitas los tenis; gateas hasta tu lugar en la cama. Te sientas y acomodas la colcha que no alcanza a taparte la punta de los pies. Estás a punto de cubrirte y caer en los brazos de morfeo si no fuera por:

La ventana que no tiene cortinas, nunca habías dormido con ventanas sin cortinas.

El frío que entra en los huesos, pero esta vez no te molesta. Por primera vez no hay insoportables escalofríos.

Todo está en silencio. El único sonido audible no es más que el eterno zumbar del aire en la madrugada.

Son la 5.20 de la madrugada…

El cielo está totalmente nublado, cubierto de navíos de algodonoso vapor. El viento está helado. No lo sientes, estás adentro. Sientes su presencia, está ahí, parado, admirando (tal vez), lo mismo que tú. El calor que irradia se siente tan intenso, de verdad están vivos, porque él –tú amigo–, emana calor y tú, tú sientes frío.

Hay un enorme eucalipto (parece antiquísimo), imponente y estoico, su presencia es imponente, de alguna forma te hace sentir que es sempiterno; y allá –donde se ven los cerros–, está todo el mundo; todo aquí está lejos, todo aquí no es parte de todo lo demás y eso está bien, se siente bien; porque desde aquí incluso estás lejos de ti y todo se siente como debería ser, ya que al no ser tú, eres capaz de sentir a todo y a todos. Eres todo y todos.

Todas esas luces brillan, lejos, titilantes; inalcanzables, formando una vista magnánima, de inefable naturaleza; su composición amorfa, irreconocible; como el universo, como la naturaleza, aunque sea un poco somos parte de ese caótico orden, irracional. En ese preciso instante sientes –verdadera y profundamente lo sientes–:

Que el tiempo ya no existe, se detiene o al menos se alenta tanto que todo se vuelve parte de todo lo demás, vibra, se escucha.

Y se escucha:

Tú respiración…

Su respirar…

La ausencia total del ruido del día. Como si todo estuviera hecho para ser así, de esa forma precisamente:

Amanece

Es tan bello– dices.

Así lo es– responde.

Ambos sueltan un suspiro (al menos tú sí, ya no lo recuerdas bien), y poco a poco el Sol, va saliendo: se forman arreboles invisibles, cubiertos por una manta de aglomerados vaporosos que se iluminan en un lineal naranja a lo largo del horizonte.

Así amanece: con el Sol cubierto de nubes naranjas. Los montes se oscurecen –contrastándose–, y las luces van perdiendo brillo, se ven cada vez menos, titilan más, como fundiendose en la luz del nuevo día. Y la total obscuridad del universo –que no se ve–, se va para dejar lugar a un cielo blanco, tan brillante que lastima los ojos.

El eucalipto sigue ahí, sus hojas se mueven.

Aún sientes frío.

El silencio es verdadero…

*Nota: Recomiendo la lectura de otro cuento de Octavio Paz, “Mi vida con la Ola”.

Anuncios

He aquí el espacio para que confluyan y se retroalimenten los más grandes discernimientos, nacidos de la psique humana.

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s