Guerra bio-química

Alberto se había sentido mal, por un lapso de varios días se había encontrado con un dolor de garganta; primero, inició siendo un pequeño piquete de vez en cuando y una ligera molestia que a cualquiera hubiera podido dejar seguir su vida, prácticamente, en paz. Pero no, el dolor creció. Cada vez era más difícil lograr estar en comunión con tal malestar palpitante e impasible, que de una forma cruenta iba en aumento. Él sentía cómo raspaba por dentro cuando algo se abría paso por su garganta, parecía que una lija se empeñaba en deshacerle la cordura. Tampoco toser o tomar agua era de mucha ayuda porque, aunque la garganta escocía, ambas acciones sólo hacían que incrementara su dolencia.

            Llegó el día, no pudo más. Era imposible seguir así, sin decir nada a nadie. Además, no tuvo más elección pues amaneció con fiebre y el cuerpo entero le dolía; ahora la sensación en la garganta era tal que tenía la impresión de que estaban pasando  fuego y cenizas a través de él.

            Se quedó en casa, con mil cobijas encima y aún en pijama, bajo la insuperable custodia de su madre. En ningún momento logró levantarse de su cama, pues –a pesar de todo el amor y cuidados infinitos que le daba su mamá–, sabía que si hacía algo así, recibiría el fatal castigo materno, ya que como un dictador, se hace lo que ella dice.

            Bajo designio de ella se llamó al médico y éste, al cabo de una hora o poco más, llegó, con bata de impecable blanco; zapatos lustrados hasta parecer espejos oscuros y su maletín, negro como la noche, cargando mil cosas desconocidas y atemorizantes que le ponían la piel de gallina al pobre Alberto.

El médico le dio un chequeo a Alberto y dilucidó su inapelable veredicto:

–Por lo que puedo ver, Alberto tiene una fuerte infección en la garganta –dijo, retirando el abatelenguas de la boca del niño. Después, con parsimonia, sacó una tablilla con muchas hojas y un bolígrafo para inclinarse a escribir sobre el buró. El doctor volvió a hablar:

–Para que se componga rápido voy a recetarle una única inyección de Penicilina G de 900,000 unidades.

–Está bien, doctor, todo sea porque mi niño se componga –dijo la madre.

            En ese preciso momento Alberto se quedó pasmado, ya había experimentado lo que es “una inyección”, y eso no era bonito; incluso recordó que en aquella ocasión le dolió mucho, por lo que en un vano intento por lograr evitar aquel inefable sufrimiento, dijo:

–Doctor no, por favor, mejor deme pastillas, la inyección duele mucho; mamá, dile que me de pastillas… –y así, a sabiendas de su derrota, continuó con un berrinche ligero hasta que el médico le comentó:

–No hijo, está muy grande la infección y, de seguro, ya tiene días que te lastima. Si le hubieras dicho a tu madre que te dolía desde antes, lo más probable hubiera sido que te recetara cápsulas.

–Ya ves hijo, ¿por qué no me dijiste?, ya hasta estuvieras mejor. Doctor, si puede, voy y compro ahorita lo que necesite para que le ponga de una vez la inyección.

–No señora, iré yo, la farmacia está a una cuadra y me conoce bien la dueña. Me hace buenos descuentos. Además de seguro  todo el día ha estado de aquí para allá –Dijo el doctor con un tono de timidez,  esperando con esto ganarse en algo el afecto de la madre, quien había enviudado hace cinco años.

            Salieron en ese momento el médico y la madre, uno hacia la farmacia y, la otra, hacia la cocina. Alberto se quedó petrificado, no tuvo elección y sabía que en verdad le dolería.

            El suceso de la inyección (y todo lo que implica), es bastante más que extenso, por lo que prescindiré de ello y el lloriquear de Alberto, para pasar a lo que de verdad importa –lo que ocurrió por dentro y a un nivel microscópico–, pero que aun así no deja de ser interesante.

***

La aguja iba Introduciéndose por el glúteo de Alberto, siendo ambas (la jeringa y la aguja) el transporte del ejército antibiótico; eran miles de unidades listas para el ataque, para actuar sin remordimiento ni misericordia; preparadas para arrasar con todo rastro de los estreptococos invasores.

            Tan pronto como todos los escuadrones de antibióticos fueron inyectados, se formaron y se dividieron para esparcirse uniformemente en los vasos sanguíneos de derredor. Fue una búsqueda minuciosa, avanzando por cada uno de los lugares posibles, dejándolo todo sin descuidar;  incluso hubo escuadrones que se encontraron en el corazón y los pulmones, sin hallar nada todavía. Uno, sólo uno de estos subió más, deteniéndose en la garganta, específicamente en las amígdalas. Y llamando al resto de  compañeros poco a poco se fue formando todo el ejército nuevamente.

            Se hallaban ante una cruenta masacre, era de verdad algo espantoso. La penicilina debía cumplir su objetivo. Había inflamaciones por todas partes, todos los tejidos maltrechos y desgarrados, como si hubieran sido tallos de plantas pelados; los vasos por los que circulaban estaban a punto de abrirse; los nervios estaban casi totalmente descubiertos y las neuronas clamaban paz, pues habían sido torturadas casi hasta la muerte; las células… ¡miles, o si no millones!  –Imposible contarlas–, habían sido destruidas y su citoplasma estaba regado por todas partes, como la sangre de aquellos inocentes perecidos en Hiroshima y Nagasaki en el 1945.

            El camino era casi inaccesible; había glóbulos blancos muertos en acción y obras de reparación celular por todas partes. Lentamente avanzó el batallón. Al final del recorrido encontraron a los estreptococos caídos, con sus formas de racimos de uvas en fila, siendo comidos por los pocos sobrevivientes de los linfocitos. A medida que iban abarcando más terreno se encontraban con restos de la guerra (aún efectuándose), entre las bacterias y los linfocitos, ya casi vencidos estos últimos, pero dispuestos a dar su vida por algo más grande. Los antibióticos se lanzaron con ferocidad contra aquellos pocos estreptococos y vencieron sin dificultad, pero sabían que eso sólo era el comienzo.

            Después de su primera victoria, el escuadrón de antibióticos había pasado ya por un largo trecho sin encontrarse con nada cuando, de repente, se vieron cerca de un  daño reciente: aun había células agonizantes y los nervios apenas habían sido descascarados. No había duda ya, de un momento a otro estarían de nuevo cara a cara con su adversario.

            Se acercaron sigilosamente los antibióticos hasta que el monstruo estuvo de espalda a ellos, devorando todo lo que podía. Llamaron su atención con un grito bélico. El monstruo se giró, los observó, estaban perfectamente formados, sin ninguna falla aparente, cual si hubieran sido aquellos arcaicos guerreros espartanos.

            Los antibióticos observaron detenidamente al monstruo: era una masa amorfa e informe, todos amontonados, unos sobre otros, como miles de racimos de uvas sin ningún orden o premeditación alguna, tal como es la naturaleza. Eran, aunque ellos no lo supieran, estreptococos gram negativos; el perfecto enemigo de la Penicilina. La pared celular de esas bacterias era perfecta para ser penetrada por los radicales del antibiótico: solo era cuestión de tiempo.

            El combate empezó. Unos y los otros tenían las armas en alto; los caballeros antibióticos, con sus refulgentes estructuras químicas tenían sus siempre listos oxidrilos (–OH) y, los débiles, pero numerosos estreptococos, se preparaban para sacrificarse, defendiéndose valientemente con sus frágiles membranas.

            Inevitablemente las espadas oxidrílicas  penetraron las paredes de los enemigos; habían inhibido a la primera horda de enloquecidas bacterias, pero su vida ya estaba limitada, destinada a terminar. Ambos bandos tuvieron bajas en el combate e,  incluso, en un momento dado se creyó que los invasores vencerían, pues quedaban tan pocos caballeros a la defensa…

            Pero de pronto, en el último momento, cuando se creía que las bacterias vencerían, llegaron los linfocitos, miles de ellos, listos para sucumbir combatiendo: se formaron frente a las últimas unidades antibióticas. Eran un nuevo ejército, los foráneos defensores, aliados con los guerreros nativos, ambos unidos por un mismo objetivo; ambos listos para seguir. Se les podía ver erguidos, quietos; de una forma tan sólida que en verdad parecían invencibles.

            La mayoría de los linfocitos murieron aquel día, dieron sus vidas para que los antibióticos lograran atacar con efectividad a las bacterias; las espadas oxidrílicas entraron por las membranas para ya no salir. Todos los escuadrones de antibióticos inhibieron a los estreptococos y, los pocos que lograron huir, fueron dados a muerte por los linfocitos, guerreros blancos.

            Así pues, la batalla terminó. Los maltrechos guerreros blancos que sobrevivieron viajaron por la sangre de Alberto hasta los riñones, para rendir sentido homenaje en el que  sería el sepulcro de los heroicos antibióticos, así como despedir sin afán, aunque con cierto respeto, a los despiadados Estreptococos que perecieron aquel día.

            Hasta hoy todo vestigio de aquella épica batalla parece ser cosa del pasado; Alberto se encuentra sano y hasta los linfocitos sobrevivientes han muerto, pues han pasado ya varios meses desde que dio lugar aquella guerra “bio-química”.

*Nota:  Recomiendo la lectura de Ray Bradbury con “Vendrán lluvias suaves” y “Usher II“. Ambos formando parte de “Crónicas Marcianas”.

Anuncios

He aquí el espacio para que confluyan y se retroalimenten los más grandes discernimientos, nacidos de la psique humana.

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s