Penitencia -Destellos-

Vas ahí, apretado en un gentío de temores. Sudores de hastío se mezclan con el aroma de la indiferencia en la insolación del mediodía.

La ventana turbia, la difusa luz que acierta en figuras desconocidas vagando en el espejismo inamovible: el exterior, realidad envuelta en el velo del anhelo, se proyecta a través del cristal translúcido y la visión se transforma en centelleos delirantes que lo imaginan en todas partes.

Es quien lleva la bolsa del mandado; al perro de paseo; aquél otro que lleva la gorra; o el que va acompañado…

Sumergido en el hálito del recuerdo: delgado, paranoico. Él.

Y tú no puedes sino desvariar (entre vaivenes de baches y topes) con su imagen difuminada de rostro nebuloso, irreconocible a ratos, del que tal vez no te acuerdes más.

Balanceándote

Tu mano sudorosa

***

No suelta el regalo, especial:

no suelta la esperanza.

Las aves van tras el faro.

El anhelo te invade en ataques de suspiros, no ahora, pero lo recuerdas.

Recuerdas muchos instantes. Recuerdas el clamor, tu clamor. Recuerdas la claridad de su mirada. Recuerdas el calor de su presencia y el obturador de su amor por capturar un solo instante.

Suena el timbre. Un, dos, tres peldaños… Un salto a la desolación… El Polvo que se alza bajo las suelas blancas y la estela de melancolía te alcanza mientras ves la parvada y al camión alejarse, por el mismo camino, dejándote solo, ante el destino.

Parado ahí, en la más grande soledad.

Puestos de muebles previamente hechos: sin pintar ni barnizar; A ambos lados del camino. El paso de tierra. Coches que se alejan buscando algo.

Nadie,

con quien compartir una mirada.

Un rastro de huellas que inician en alguna parte y te siguen, sin pausa, impresas en el momento pasajero en que el suelo tiene memoria de la travesía.

Tocas la puerta.

Él sale. Entran. Te regresa lo acordado. Salen. Ante la puerta ya, temblorosa tu mano le ofreces el presente de envoltorio esmeralda y dorado que brilla al Sol. Se sorprende. Lo acepta. Te vas ya. Palabras evanescentes que te llaman y tus suelas giran haciendl media luna.

Te acercas. Estrechas su mano, delgada, suave.

El estrépito de su ausencia.

“No tenías por qué hacerlo”

Lo jalé hasta sentir su pecho contra el mío y, apoyando mi cabeza en su hombro, el calor de su presencia me perturba hasta sentir el vacío cubierto, después de tanto.

Destellos de felicidad ruedan hasta caer en el polvo que revive en ese instante y lo sueltas, te vas.

Sin voltear.

-“Estarás mejor así”-.

No sé la certeza de ello.

.

Nota: Nunca es demasiado tarde, así que…

Nota*: Recomiendo mucho, variándole un poco, unas canciones de Ismael Serrano: “Si se callase el ruido”; “Ya ves”; “Tantas cosas”; “Recuerdo” y, mi favorita “Vértigo”.

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He aquí el espacio para que confluyan y se retroalimenten los más grandes discernimientos, nacidos de la psique humana.

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